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por Rodrigo Gillibrand E.

Los chilenos hemos vivido complejas situaciones en los últimos meses. Desde octubre de 2019 hemos vivenciado lo ocurrido con el estallido social a nivel país, lo que ha generado montos importantes de incertidumbre con respecto al futuro sociopolítico de la nación en lo macro y dificultades en la adaptación de los aspectos cotidianos de transporte, trabajo y sustentabilidad en lo micro. Las emociones de angustia, euforia, miedo, rabia e inseguridad se han visto plasmada en cada rincón de la sociedad y también en las consultas de los especialistas de la salud mental.

En este contexto de vulnerabilidad generalizada e hipervigilancia, aparece la amenaza biológica global que significa la pandemia del COVID-19, enfermedad que se originó a fines del año 2019 en un mercado de Wuhan, en la provincia de Hubei en China. Si bien se tomaron las medidas necesarias para disminuir el riesgo de diseminación de la enfermedad por las autoridades locales, es sabido por todos que 3 meses después, la Organización Mundial de la Salud declara pandemia desde el punto de vista epidemiológico (propagación mundial de una nueva enfermedad), lo que coincide con la confirmación de los primeros individuos contagiados en América Latina. En Chile, el primer caso fue pesquisado el 3 de marzo en la VII Región y 25 días después, al momento de la finalización de este artículo, son más de 1.300 los casos confirmados, 7 fallecidos, millones de personas en cuarentena total por el cierre de localidades y comunas, comercio no básico y colegios suspendidos y una serie de medidas anunciadas desde las autoridades locales para aplanar la curva de contagio y disminuir en la medida de lo posible el perfil de crecimiento exponencial de afectados. Todo esto destinado a amortiguar el impacto en los centros asistenciales y no ver colapsado el sistema de salud para responder de forma adecuada a las necesidades sanitarias de la población.

Científicos en todo el mundo trabajan incansablemente para desarrollar un adecuado tratamiento y eventualmente una vacuna para lidiar con este virus. Existen varios estudios controlados (con el máximo nivel de evidencia) que se están llevando a cabo. Mientras, todos los esfuerzos están destinados a pasar la crisis de la mejor manera posible, con medidas preventivas, tratamientos de sostén y experimentales con evidencia incipiente para disminuir los efectos de la enfermedad y así disminuir la morbilidad y mortalidad.

Nuevamente la salud mental de la población esta en crisis. Cuando nos estábamos “adaptando” a la incertidumbre sociopolítica a causa de los cambios sociales que estamos viviendo y siendo innovadores para retomar el control de nuestra cotidianeidad en una sociedad distinta, aparece una nueva amenaza, un nuevo estresor que es el coronavirus.

No solo nuestra biología y especie se enfrenta a un nuevo agente de enfermedad, nuestro aparato psíquico también debe procesar algo desconocido, algo nuevo. Este nuevo estresor tiene la capacidad de “transmitirse de persona a persona de forma eficaz y es capaz de producir casos graves de enfermedad”. Miedo, ansiedad, incertidumbre, rabia, descontrol, aburrimiento, cansancio, frustración, etc. Son innumerables las emociones y sensaciones que pueden surgir ante este tipo de situaciones. Perdemos el control del cuidado de nosotros mismos, nuestra cotidianeidad, de nuestra manera de saludarnos, de relacionarnos, de trabajar, de transportarnos. La libertad de desplazarse, de tomar vacaciones, de viajar, de ir a conciertos, de lleva a nuestros hijos al colegio, de planificar los fines de semana, etc. Todo se transforma, no sabemos hasta cuando y no depende de nosotros. Si, no depende de nosotros porque para enfrentar esta pandemia debemos seguir al pie de la letra las directrices que den las autoridades mundiales y locales. Si, y debemos seguirlas al pie de la letra porque tenemos la experiencia de SARS (causado por otro coronavirus), la gripe aviar, la gripe H1N1 y el Ébola, todas enfermedades que han presentado una amenaza similar y que se han controlado o desarrollado adecuados tratamientos. La Salud Pública Chilena ha logrado altos estándares en lo que respecta a la epidemiología, la vigilancia y a los sólidos programas de vacunación que alcanzan una cobertura muy amplia. Por ello es necesaria la confluencia de expertos y las autoridades sanitarias para mejorar la lucha contra la enfermedad.

Ante esta crisis se ve amenazada la integridad personal, la salud o la propia vida y la de nuestros cercanos, la estabilidad, las rutinas y el absolutismo cotidiano. La disponibilidad de un sostén, de contención, protección, de ayuda, influye significativamente en la vivencia que las personas tengan de esta amenaza. En este caso, se ha dicho que el sistema de salud podría colapsar, poniéndose en riesgo con esto la disponibilidad de ese organismo que debe velar por la recuperación de nuestra salud. Esto, aumenta la angustia y el miedo. Perdemos el control del cuidado de nuestra salud y bienestar, y el organismo que está para ayudarnos en esto, no sabemos certeramente si estará disponible. Es sabido que uno de los principales factores protectores de la salud mental y del adecuado procesamiento de las situaciones traumáticas o estresantes es el apoyo psicosocial percibido. ¿Cómo hacerlo si debemos estar aislados socialmente? Pareciera que cuando pensamos que miles de millones de personas en el mundo están en la misma situación por un fin común, podemos percibir que no estamos solos, y que paradójicamente estamos más juntos que nunca, pero de forma distinta.

El cuidado de la salud mental en este tiempo de crisis no debe quedar a un lado. El Departamento de Salud de China liberó una notificación de los principios básicos de emergencia psicológica en intervención en crisis en enero de 2020. Estos principios son los mismos utilizados en 2003 cuando apareció SARS y los primeros que salieron a la luz tempranamente en la crisis del COVID-19. Aquí se menciona que la atención de salud mental debe dirigirse principalmente a los pacientes contagiados, a los contactos cercanos, a los individuos que estén en cuarentena en su casa, a los pacientes con clínica febril, familiares y amigos afectados, profesionales de salud que traten pacientes infectados y al público que lo necesite. Con estos principios podemos deducir que la probabilidad de afectación de la salud mental a causa de la crisis en la población es global.

Posteriormente las redes sociales y comunicaciones oficiales tanto nacionales como internacionales se han visto plagadas de útiles recomendaciones destinadas a lidiar con los diversos aspectos de la pandemia que estamos viviendo actualmente. Aparecen revisiones científicas en revistas de primer nivel exponiendo datos “duros” de la afectación psíquica que producen las situaciones de pandemia, otros documentos de la Organización Mundial de la Salud, etc.

Si diferenciamos los “niveles de exposición” para racionalizar recursos y no sobrepasar la ya precaria cobertura de profesionales de salud mental en la población general vemos que los más afectados serán el personal de salud que atiende a los enfermos y que ven sobreexigidos y ocasionalmente colapsados los servicios sanitarios. Por supuesto también están los contagiados sintomáticos, asintomáticos, recuperados, contactos, familiares directos, etc. Después el círculo se agranda a toda la población.

Preocupación constante han sido los profesionales sanitarios que trabajan directamente con los enfermos, que se ven expuestos a sobrecarga laboral cuali y cuantitativa, dilemas éticos, impotencia ante la pérdida de control de propagación de la enfermedad, ante la muerte de pacientes, ante la utilización de tratamientos en vías de validación, a la posibilidad franca de resultar contagiados (por los pacientes o por sus compañeros), la doble presencia, etc. Existen dos factores protectores de la salud mental en este grupo: el apoyo social percibido por pares con una de las mayores iniciativas de confluencia destinada a superar juntos la pandemia, con aperturas de información de conocimiento médico, compartir experiencias con otros, etc. Es decir, la medicina científica bajó las barreras entre los países y esta más abierta que nunca gracias a las tecnologías de la comunicación. El otro factor protector es la conciencia del clave rol desarrollado, con el fervor que significa la lucha contra esta pandemia y salvar vidas. Este último factor también puede ser clave en la aparición de tensión psíquica que produce la frustración, por lo que es recomendable maximizar las medidas de resguardo de la salud mental y el descanso.

Los contagiados viven el estrés de enfrentar una enfermedad potencialmente grave, con fenómenos autoscópicos de búsqueda de síntomas, sentimientos de culpa y aislamiento. Miedo a desarrollar síntomas severos y requerir tratamiento intensivo. Emocionalmente se traduce también en agobio psíquico, insomnio, ansiedad, depresión. Eventualmente estos síntomas psicológicos posteriormente podrían cronificarse, desarrollando cuadros compatibles con estrés postraumático que amerita tratamiento especializado.

Luego vienen una serie de recomendaciones relacionadas a las implicancias psicológicas del fenómeno de la cuarentena en las diversas etapas del ciclo vital individual y familiar. Cómo hablar con los niños y “organizarles” su día, algo en que también participan activamente los colegios, con el fin de no retrasar la planificación anual según el nivel de escolaridad en que estén. También recomendaciones para trabajar desde la casa y desarrollar el popular teletrabajo o “home office” que algunos empleos hacen posible. Como “gestionar” las relaciones de pareja con o sin hijos, etc.

El volumen de información recibido es abismante, los diarios, la televisión abierta y de cable, los noticiarios de todo el mundo, la radio, las redes sociales, etc. Todo es COVID-19. Nos comparamos con las estadísticas de otros países algunos con número terroríficos como Italia, España o Estados Unidos, y otros que generan admiración, como Singapur, viendo como va la crisis en el resto del mundo para poder ver también como vamos nosotros, con nuestra curva. Es tal la cantidad de información, que los especialistas recomiendan dosificar para una o dos veces el conocer los nuevos datos, algo prácticamente imposible con la inmediatez de las aplicaciones de redes sociales que tenemos en el bolsillo. Por supuesto, es inevitable, uno de los fenómenos que más ansiedad produce en el ser humano es la incertidumbre, por eso aparece ese fervor por tener información, si embargo, al poco andar nos damos cuenta de que esta misma información, cuando es masiva, genera tanta o más ansiedad. En este sentido es recomendable el “camino del medio”, es decir, buscar el propio punto intermedio no polarizado en el continuo información-desinformación que nos permita simplemente estar lo menos incómodos posible…esa fórmula es personal, por eso, es difícil seguir las recomendaciones en este tipo de situaciones y solo hay que tomarlas como un lineamiento.

Las recomendaciones relacionadas con la convivencia 24/7 con los niños también son una receta que se debe tomar como simples lineamientos. Los plazos de las cuarentenas dan tiempo para acomodarse, para desarrollar nuevas herramientas, congeniar la vida familiar en casa con la vida laboral en el mismo espacio. Es importante ser pacientes con los hijos, recordemos que los niños de edad escolar también extrañan jugar con sus compañeros y aprender en el colegio, los adolescentes echan de menos estar con sus pares…para poder estar, aunque sea un rato, lejos de sus padres.

Las crisis son auto limitadas, los brotes epidemiológicos también cederán. Wuhan levantará su cuarentena el 8 de abril, casi 4 meses después de la aparición del primer caso.
Aceptar radicalmente que las cosas están siendo así y “surfear la ola” de la mejor forma posible hasta que pase la crisis. Este confinamiento voluntario (u obligatorio) es el movimiento humano más grande de empatía que ha existido, algo que ningún otro fenómeno había logrado.